Una vez alguien me escribió: “Tú amor a Dios y a todos me deja sin palabras, tal vez ese es el mayor don que el Señor te ha otorgado, el amar sin contemplaciones, el ayudar sin preguntar”. Pues a mí ese “don”, que si es que alguna vez lo tuve, se me había agotado; eso hasta que escuché la siguiente historia.
Juan, su esposa, y Esther, una amiga de ambos, esperaban un taxi que los acercara hasta la estación del metro Las Rejas. Juan se acercó a uno, que estaba detenido en el semáforo, mientras cambiaba la luz roja, y le pidió al chofer que los llevara hacia dicha estación. El varón, desanimado, respondió que sí, pero que tenía que ser lo más rápido posible. En el camino aquel hombre les comentó a los pasajeros que estaba en medio de una gran tormenta económica, que iba a tribunales a entregar su auto, porque no tenía el dinero para cancelar las letras del crédito automotriz. La mujer que acompañaba a la pareja, mientras observaba la aflicción del varón, comenzó a hablarle de Dios, y le dijo” el Señor nunca los desampara, siempre nos envía un salvavidas, aunque sea a última hora” Juan, por otra parte, afirmaba los dichos de la mujer, enfatizando que “él vivía por la fe”. El conductor en silencio seguía el trayecto, y mirando el reloj dijo, desesperado, “faltan 30 minutos para ir a entregar el auto, y aún tengo que recolectar $20 mil pesos para llegar a los 490 mil, que me faltan para completar la deuda, y así evitar que me quiten mi fuente de trabajo”. Juan, esbozando una sonrisa, de esas que nacen, cuando hay gozo en el corazón, replicó al pesimismo del hombre diciendo “yo te voy a bendecir en este día, te voy a pasar los 20 mil pesos que necesitas”, el hombre incrédulo miró a Juan, y a Esther, a través del espejo retrovisor, comenzó a llorar, y dijo, entre sollozos “debo confesar que había perdido toda la fe en Dios”, Esther contestó “vio que Él nunca nos desampara”.
Este relato me devolvió la vida, porque recordé que alguna vez sentí la satisfacción que debe haber experimentado Juan. Sin lugar a dudas que vale la pena amar sin contemplaciones, y ayudar sin preguntar.
¡Dios los bendiga!
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